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Cada 7 de julio vuelvo a sentir exactamente lo mismo.

  • Foto del escritor: Imanol Sánchez Vizcor
    Imanol Sánchez Vizcor
  • hace 28 minutos
  • 3 min de lectura

Hay fechas que no pasan por el calendario. Pasan por el corazón.


Para muchos, San Fermín es una fiesta. Para otros, una tradición. Para mí siempre ha sido algo mucho más profundo.


Pamplona forma parte de mi historia incluso antes de que yo naciera.


Mis padres se conocieron allí. De alguna manera, mi vida empezó en esa ciudad mucho antes de abrir los ojos al mundo. Siempre he sentido que una parte de mí pertenecía a sus calles, a su ambiente, a su forma de vivir el toro con una pasión difícil de explicar para quien no la ha sentido.


Y, siendo apenas un niño, ocurrió algo que cambiaría mi vida para siempre.


Recuerdo mirar el ruedo de la Monumental y ver salir a hombros a un torero.

No recuerdo únicamente su nombre. Recuerdo la sensación.


Aquel hombre caminaba sobre una multitud que lo llevaba en volandas. Parecía invencible. Parecía eterno. Parecía tocar el cielo con las manos.


Para un niño aquello era contemplar a un dios.


Y en ese preciso instante nació un sueño.


No el de ser famoso.

No el de ganar dinero.

Ni siquiera el de triunfar.

Quise ser torero.


Porque hay sueños que uno no elige. Son ellos quienes te eligen a ti.


Desde entonces toda mi vida ha girado alrededor de esa decisión que tomó un niño sin saber que le estaba entregando su vida a la profesión más hermosa y más difícil que existe.


Han pasado muchos años. Miles de kilómetros. Horas interminables de carretera. Tentaderos. Cornadas. Sacrificios. Puertas cerradas. Alguna puerta grande. Muchos silencios. Y también momentos que jamás imaginé que podría vivir.


Con el tiempo tuve claro que, si algún día llegaba mi alternativa, quería que fuese en una plaza muy concreta. La Monumental de Pamplona. Y soñaba hacerlo con una corrida de Miura.


Porque hay plazas que engrandecen una carrera.

Y hay plazas que significan volver al lugar donde empezó todo.


Hoy tengo 37 años. Y uno aprende que el tiempo enseña mucho. Aprende que en el toreo nadie te debe nada. Que el esfuerzo no garantiza oportunidades. Que el mérito no siempre coincide con el sitio que ocupas. Y, curiosamente, también aprende a vivir en paz con ello.


No siento rencor. No siento injusticia.

Ni siquiera siento que el toreo me deba algo.

Al contrario. El toreo me lo ha dado absolutamente todo. Me ha permitido vivir la vida que soñó aquel niño. Me ha enseñado valores que ninguna universidad puede enseñar.

Me ha regalado amigos para toda la vida.

Me ha permitido conocer lugares y personas extraordinarias. Y me ha convertido en quien soy.


Soy plenamente consciente de que, viniendo de una familia sin tradición taurina, sin apellidos importantes y construyendo cada paso prácticamente con mis propios recursos, he llegado muchísimo más lejos de lo que cualquiera habría imaginado.


Y eso ya merece la pena.


Pero también es verdad que cada 7 de julio aparece esa pequeña espina.


No una espina de amargura.


Sino una espina de ilusión.


Porque sigo imaginando cómo sería abrir el paseíllo en Pamplona. Escuchar el ambiente. Sentir el respeto que esa plaza impone. Ver salir por chiqueros una corrida de Miura. Y saber que, por fin, aquel niño que un día miró fascinado a un torero saliendo a hombros ha conseguido llegar al mismo lugar donde nació su sueño.


Recuerdo perfectamente la despedida de Juan José Padilla. Veinte mil personas puestas en pie. Veinte mil almas emocionadas. Yo era una más. Lloré durante buena parte de aquella tarde. No lloraba por el final de una carrera. Lloraba porque estaba viendo cómo una plaza abrazaba a uno de los suyos. Y entendí que Pamplona no entrega solo trofeos. Entrega algo mucho más valioso.

Su corazón.


Muchas veces me preguntan cuál es el sueño que me queda por cumplir. Muchos pensarán que respondería confirmar la alternativa en Las Ventas. Y claro que me gustaría. Las Ventas es la cima del toreo. Pero si hoy tuviera que elegir un solo día, una sola tarde y una sola corrida… Elegiría una corrida de Miura en Pamplona. Sin dudarlo.


Porque hay sueños que engrandecen una trayectoria.


Y hay sueños que simplemente te devuelven al lugar donde empezó todo.


No sé si ocurrirá.


Quizá sí. Quizá no.


El toreo no entiende de certezas.


Pero mientras siga teniendo la suerte de vestir el traje de luces, seguiré creyendo que los sueños no caducan. Solo esperan su momento.

Y si ese momento nunca llega, tampoco cambiaría el camino recorrido.


Porque el verdadero privilegio no ha sido alcanzar todos mis sueños.


Ha sido vivir una vida persiguiéndolos.


Feliz 7 de julio, Pamplona.

Gracias por hacer soñar a aquel niño que, sin saberlo, sigue viviendo dentro de mí.

 
 
 

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